miércoles, 25 de abril de 2012

Y el Cuervo dijo: "Nunca más" (P2)



Vagaba perdida entonces sin saberlo en dirección a aquel centro de desazón de todo Caddle Streets, hacia aquella mansión de la que Jack fue heredero tras la trágica muerte de su padre. Daba pasos sin rumbo, con el peso de la lluvia en mi espalda y el frío de la noche en mis huesos. Venía de ninguna parte y a ninguna parte iba. Abrí aquella puerta; recuerdo abrir la puerta de su jardín con un chirrido infernal de alerta. Abatida, traté de encontrar algo en la oscuridad antes de que me encontrara algo a mí en la luz. Pero entonces lo vi, de pie junto a aquel ventanal sumido en el deseo del nuevo mundo. Me quedé quieta observando aquella esbelta figura que parpadeaba incesante frente al resplandor de la noche. Entonces sus ojos se posaron sin quererlo en los míos, sin sobresalto… ¡Y de súbito el mundo ardió! Todo ocurrió, tan rápido… En un instante supimos que él era para mí y yo para él, una llamarada de amor incineró sus pensamientos, convirtió en cenizas todo lo que no fuera “nuestro” y yo irremediablemente supe que le quería.



Aquella noche nos lo contamos todo. Conseguí sacar a Nora de sus pensamientos para entonces introducirme yo. Nos abrazamos, mecidos entre caricias a la luz de la luna. Me juró amor eterno, tiernas miradas. Se comprometió a no dejarme marchar nunca, y en un beso supe todo lo que se había callado. Perdimos la noción del Tiempo… De su inmensa librería escogí un tomo, al azar, y acurrucada entre sus brazos le pedí que leyera. Dulces vocablos en melodioso lenguaje embebidos de aquel libro hijo de la casualidad danzaron por mis oídos. Yo veía conmovida en el reflejo de un espejo que había sobre el dintel de su puerta como inmerso en aquel relato pasaba las páginas con afán. Era ‘EL Cuervo’ de Edgar Allan Poe, manzana prohibida que Adán acababa de morder… Toda convencida de que Jack se había sumido en aquellas majestuosas palabras, de que al día siguiente cuando despertara y no me viera a su lado se aferraría por siempre a aquel relato fruto del azar como único recuerdo mío, a aquella dicción que una vez también fue la desdicha de otro, dormí tranquila en su pecho, acunada en su calor… Él siempre me amó, y yo siempre le quise.



Y el Cuervo dijo: "Nunca más". (P1)




La lluvia caía intensamente sobre aquellas míseras casuchas endebles. El Tiempo había tatuado sus paredes con grietas y pintado su interior del color de la Desgracia. En las calles gritaba triunfante la Soledad, pero siempre había algún infortunado mendigo que osaba rebelarse o algún borracho que no estaba siendo consciente de sus actos. Descomunales truenos estallaban sobre aquel barrio de mala madre, seguidos a coro por cientos de relámpagos que se enredaban en la noche. El viento susurraba desafiante, y observando, desde el gran ventanal de la mansión Sávier, estaba Jack; inmóvil, ante el desolado paisaje de Caddle Streets. La luz de la luna acariciaba cuidadosamente su rostro y tiritaba su sombra ante la plena sinfonía de luces de aquel vendaval. Su ausente expresión parecía tranquila frente a tan agitado espectáculo, pues perdido en el horizonte sólo pensaba. Jack Sávier. Le recuerdo como si estuviera aún entre mis brazos. Las noches sin luna de su terso cabello, que en forma de curvas desembocaba en su nuca. Cobalto y añil surcaban entremezclándose el iris de sus ojos, unos ojos que se clavaban en el alma como ganzúas y dejaban sin habla. Sus rasgos faciales, exageradamente afilados, como si de alguna nórdica criatura mitológica se tratara;  jamás dejaron a persona alguna adivinar lo que sentía… Pero yo siempre lo supe. 



Aquella era sólo una más de sus noches de insomnio. Una más de las noches en las que, tras comprobar que su esposa dormía tranquila, caminaba conducido por el desvelo hacia aquella enorme cristalera. Sólo entonces, perdiendo su mirada en las incógnitas del Tiempo pensaba en Nora. Aquella niña con la que él soñaba, la que desde el vientre de su madre sembraba flores encarnadas en su corazón, su vida entera. Nora… Nora… Cavilaba con aquella irrealidad utópica de estar siempre a su lado, de enseñarle los misterios de este mundo, de influir en sus propósitos con su delicada extravagancia de joven científico, de mecerla entre algodones y cuidarla, con aquel amor paterno que tanto irradiaba. Pero aquella fue la noche en la que toda una vida se reduce a un grano de arena. Aquella noche Jack me encontró, y fue lo peor que pudo haber hecho. Desde las sombras de aquel crepúsculo dejé caer el pecado sobre él, pobre hombre... Juró que jamás juraría; y por lo tanto, acabó jurando. Desde entonces, un manto de Desgracia le dio cobijo durante todo ese invierno de 1990; y yo, vistiendo de víctima con promesas de amor y falsas caricias, estuve con él hasta el fin de sus días. Siempre a su lado… Y siempre, es mucho tiempo. 



SF.


La vida, la vida, la vida… Si ustedes supieran qué es la vida… Ah… No se hagan los tontos. Ustedes también forman parte de este circo, de esta cárcel de penumbra y brío, ¡De este asombroso espectáculo! Festival… Donde nada el casual, sino causal… También tienen mil caras. ¿Me equivoco? Falsas sonrisas, lágrimas de cocodrilo, satíricas catarsis… A algunos se les da mejor que a otros, sí; pero al fin y al cabo, todos somos actores. Actores, en nuestras propias vidas, porque la vida… ¡Ah! ¡La vida! La vida es un gran teatro de hipócritas que sólo afirman y niegan, una gran obra en la que no se permiten ensayos… y en la que en cualquier momento se apagarán las luces… se bajará el telón… y… ¡Fin de la función! (Ríe mientras hace diversas reverencias) ¿No aplauden?... A la mayoría de ustedes tampoco les aplaudirán. Nadie gritará: ¡BRAVO!; No reirán los chiquillos y cuchichearán la viejas. No habrá críticos que juzguen en primera fila ni gente interesada que os lea luego en el periódico. Probablemente muráis en un mero suspiro de la sociedad, en una memoria de la que ya nadie se acuerda…

Porque la vida, querido público, la vida es puro teatro.