Vagaba
perdida entonces sin saberlo en dirección a aquel centro de desazón de todo
Caddle Streets, hacia aquella mansión de la que Jack fue heredero tras la trágica
muerte de su padre. Daba pasos sin rumbo, con el peso de la lluvia en mi espalda
y el frío de la noche en mis huesos. Venía de ninguna parte y a ninguna parte
iba. Abrí aquella puerta; recuerdo abrir la puerta de su jardín con un chirrido
infernal de alerta. Abatida, traté de encontrar algo en la oscuridad antes de
que me encontrara algo a mí en la luz. Pero entonces lo vi, de pie junto a
aquel ventanal sumido en el deseo del nuevo mundo. Me quedé quieta observando aquella
esbelta figura que parpadeaba incesante frente al resplandor de la noche.
Entonces sus ojos se posaron sin quererlo en los míos, sin sobresalto… ¡Y de
súbito el mundo ardió! Todo ocurrió, tan rápido… En un instante supimos que él
era para mí y yo para él, una llamarada de amor incineró sus pensamientos,
convirtió en cenizas todo lo que no fuera “nuestro” y yo irremediablemente supe
que le quería.
Aquella
noche nos lo contamos todo. Conseguí sacar a Nora de sus pensamientos para entonces
introducirme yo. Nos abrazamos, mecidos entre caricias a la luz de la luna. Me
juró amor eterno, tiernas miradas. Se comprometió a no dejarme marchar nunca, y
en un beso supe todo lo que se había callado. Perdimos la noción del Tiempo… De
su inmensa librería escogí un tomo, al azar, y acurrucada entre sus brazos le
pedí que leyera. Dulces vocablos en melodioso lenguaje embebidos de aquel libro
hijo de la casualidad danzaron por mis oídos. Yo veía conmovida en el reflejo
de un espejo que había sobre el dintel de su puerta como inmerso en aquel
relato pasaba las páginas con afán. Era ‘EL Cuervo’ de Edgar Allan Poe, manzana
prohibida que Adán acababa de morder… Toda convencida de que Jack se había
sumido en aquellas majestuosas palabras, de que al día siguiente cuando
despertara y no me viera a su lado se aferraría por siempre a aquel relato
fruto del azar como único recuerdo mío, a aquella dicción que una vez también
fue la desdicha de otro, dormí tranquila en su pecho, acunada en su calor… Él
siempre me amó, y yo siempre le quise.






