La
lluvia caía intensamente sobre aquellas míseras casuchas endebles. El Tiempo
había tatuado sus paredes con grietas y pintado su interior del color de la Desgracia. En las
calles gritaba triunfante la
Soledad, pero siempre había algún infortunado mendigo que
osaba rebelarse o algún borracho que no estaba siendo consciente de sus actos. Descomunales
truenos estallaban sobre aquel barrio de mala madre, seguidos a coro por
cientos de relámpagos que se enredaban en la noche. El viento susurraba desafiante,
y observando, desde el gran ventanal de la mansión Sávier, estaba Jack;
inmóvil, ante el desolado paisaje de Caddle Streets. La luz de la luna
acariciaba cuidadosamente su rostro y tiritaba su sombra ante la plena sinfonía
de luces de aquel vendaval. Su ausente expresión parecía tranquila frente a tan
agitado espectáculo, pues perdido en el horizonte sólo pensaba. Jack Sávier. Le
recuerdo como si estuviera aún entre mis brazos. Las noches sin luna de su
terso cabello, que en forma de curvas desembocaba en su nuca. Cobalto y añil
surcaban entremezclándose el iris de sus ojos, unos ojos que se clavaban en el
alma como ganzúas y dejaban sin habla. Sus rasgos faciales, exageradamente afilados,
como si de alguna nórdica criatura mitológica se tratara; jamás dejaron a persona alguna adivinar lo que
sentía… Pero yo siempre lo supe.
Aquella
era sólo una más de sus noches de insomnio. Una más de las noches en las que,
tras comprobar que su esposa dormía tranquila, caminaba conducido por el
desvelo hacia aquella enorme cristalera. Sólo entonces, perdiendo su mirada en
las incógnitas del Tiempo pensaba en Nora. Aquella niña con la que él soñaba,
la que desde el vientre de su madre sembraba flores encarnadas en su corazón,
su vida entera. Nora… Nora… Cavilaba con aquella irrealidad utópica de estar
siempre a su lado, de enseñarle los misterios de este mundo, de influir en sus
propósitos con su delicada extravagancia de joven científico, de mecerla entre
algodones y cuidarla, con aquel amor paterno que tanto irradiaba. Pero aquella
fue la noche en la que toda una vida se reduce a un grano de arena. Aquella
noche Jack me encontró, y fue lo peor que pudo haber hecho. Desde las sombras
de aquel crepúsculo dejé caer el pecado sobre él, pobre hombre... Juró que
jamás juraría; y por lo tanto, acabó jurando. Desde entonces, un manto de Desgracia
le dio cobijo durante todo ese invierno de 1990; y yo, vistiendo de víctima con
promesas de amor y falsas caricias, estuve con él hasta el fin de sus días.
Siempre a su lado… Y siempre, es mucho tiempo.



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