miércoles, 25 de abril de 2012

Y el Cuervo dijo: "Nunca más". (P1)




La lluvia caía intensamente sobre aquellas míseras casuchas endebles. El Tiempo había tatuado sus paredes con grietas y pintado su interior del color de la Desgracia. En las calles gritaba triunfante la Soledad, pero siempre había algún infortunado mendigo que osaba rebelarse o algún borracho que no estaba siendo consciente de sus actos. Descomunales truenos estallaban sobre aquel barrio de mala madre, seguidos a coro por cientos de relámpagos que se enredaban en la noche. El viento susurraba desafiante, y observando, desde el gran ventanal de la mansión Sávier, estaba Jack; inmóvil, ante el desolado paisaje de Caddle Streets. La luz de la luna acariciaba cuidadosamente su rostro y tiritaba su sombra ante la plena sinfonía de luces de aquel vendaval. Su ausente expresión parecía tranquila frente a tan agitado espectáculo, pues perdido en el horizonte sólo pensaba. Jack Sávier. Le recuerdo como si estuviera aún entre mis brazos. Las noches sin luna de su terso cabello, que en forma de curvas desembocaba en su nuca. Cobalto y añil surcaban entremezclándose el iris de sus ojos, unos ojos que se clavaban en el alma como ganzúas y dejaban sin habla. Sus rasgos faciales, exageradamente afilados, como si de alguna nórdica criatura mitológica se tratara;  jamás dejaron a persona alguna adivinar lo que sentía… Pero yo siempre lo supe. 



Aquella era sólo una más de sus noches de insomnio. Una más de las noches en las que, tras comprobar que su esposa dormía tranquila, caminaba conducido por el desvelo hacia aquella enorme cristalera. Sólo entonces, perdiendo su mirada en las incógnitas del Tiempo pensaba en Nora. Aquella niña con la que él soñaba, la que desde el vientre de su madre sembraba flores encarnadas en su corazón, su vida entera. Nora… Nora… Cavilaba con aquella irrealidad utópica de estar siempre a su lado, de enseñarle los misterios de este mundo, de influir en sus propósitos con su delicada extravagancia de joven científico, de mecerla entre algodones y cuidarla, con aquel amor paterno que tanto irradiaba. Pero aquella fue la noche en la que toda una vida se reduce a un grano de arena. Aquella noche Jack me encontró, y fue lo peor que pudo haber hecho. Desde las sombras de aquel crepúsculo dejé caer el pecado sobre él, pobre hombre... Juró que jamás juraría; y por lo tanto, acabó jurando. Desde entonces, un manto de Desgracia le dio cobijo durante todo ese invierno de 1990; y yo, vistiendo de víctima con promesas de amor y falsas caricias, estuve con él hasta el fin de sus días. Siempre a su lado… Y siempre, es mucho tiempo. 



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