domingo, 20 de mayo de 2012

Aquí se detiene el reloj de un hombre.

Andrés hoy deja su chaqueta en cualquier hombro, desata nudos de zapato lentamente. Fue un niño, como otro cualquiera; mecido en faldas de mujer y besado por fríos labios de fusil. No dio importancia a los años y la edad le fue golpeando el rostro. Qué niño aquel, anegado de recuerdos que fregaba con alcohol, mustio olor a tabaco inglés en su camisa. Paseaba por bares de poca clase en busca de problemas que dieran juego, cicatrices en su piel de chiquillos que acabaron a pedradas. Apostaba al tres. Apostaba al seis. Apostaba. Se enamoró dos o tres veces, entregó su corazón hecho palabra a mujeres de calle que vendían su cuerpo; no estaban en venta para él o tenían precios altos. Quizás tuvo algún hijo, quién sabe. No recuerdo a Andrés niño tan ingenuo, como para traer más desgraciados al mundo. Sabía lo que hacía, aunque entre calada y humo, siempre dijo que no haría nada, para que nada quedara sin hacer. Tenía sus caprichos, aunque luego los negara resignado. Andrés buscaba; en el día, a la noche, entre dura realidad y esperanza fingida. Andrés la buscaba a ella, y cuando por fin la encontró aquella realidad que parecía permanente ahora vestía de luz y sondeaba velos de calma infinita. Virgen flor en un campo de espigas. Tan pura, tan frágil, tan deseada; tan valerosa de sí misma que le hizo perder la cabeza. Andrés se casó, también se casó ella. Hoy, noche de nupcias, la observa tendida en su cama. Ella sonríe, vestida de blanco y bella. Mas lleva un rato pensando, que no es femenina su silueta, que no ese cuerpo de mujer y sus senos marchan si imagina. Él ya lo sabía, pero no lo sabía aceptar. Estaba loco, sin duda, y la dócil Locura se escurría entre sus sábanas pidiendo a gritos que su cuello desvirgara ya la soga. Andrés, que sólo es otro niño descalzo y sin chaqueta. Acepta sueños de otros, ya no es patrimonio de sí mismo. Ya no escucha palabras o poemas, cuenta segundos y horas de forma discontinua. No mide sus pasos, hace tiempo que carece de excusa para visitar al cardiólogo. Es un niño lleno de epitafios; intrusos, puesto que el pálpito ha tiempo que no le pertenece a él, si no a alguna puta. Subido en la silla y sudando el licor con que bañó sus recuerdos, acepta sin remordimientos la muerte de otros cuerpos con vida, así como la suya próxima. Una muerte más entre tanta belleza.

miércoles, 25 de abril de 2012

Y el Cuervo dijo: "Nunca más" (P2)



Vagaba perdida entonces sin saberlo en dirección a aquel centro de desazón de todo Caddle Streets, hacia aquella mansión de la que Jack fue heredero tras la trágica muerte de su padre. Daba pasos sin rumbo, con el peso de la lluvia en mi espalda y el frío de la noche en mis huesos. Venía de ninguna parte y a ninguna parte iba. Abrí aquella puerta; recuerdo abrir la puerta de su jardín con un chirrido infernal de alerta. Abatida, traté de encontrar algo en la oscuridad antes de que me encontrara algo a mí en la luz. Pero entonces lo vi, de pie junto a aquel ventanal sumido en el deseo del nuevo mundo. Me quedé quieta observando aquella esbelta figura que parpadeaba incesante frente al resplandor de la noche. Entonces sus ojos se posaron sin quererlo en los míos, sin sobresalto… ¡Y de súbito el mundo ardió! Todo ocurrió, tan rápido… En un instante supimos que él era para mí y yo para él, una llamarada de amor incineró sus pensamientos, convirtió en cenizas todo lo que no fuera “nuestro” y yo irremediablemente supe que le quería.



Aquella noche nos lo contamos todo. Conseguí sacar a Nora de sus pensamientos para entonces introducirme yo. Nos abrazamos, mecidos entre caricias a la luz de la luna. Me juró amor eterno, tiernas miradas. Se comprometió a no dejarme marchar nunca, y en un beso supe todo lo que se había callado. Perdimos la noción del Tiempo… De su inmensa librería escogí un tomo, al azar, y acurrucada entre sus brazos le pedí que leyera. Dulces vocablos en melodioso lenguaje embebidos de aquel libro hijo de la casualidad danzaron por mis oídos. Yo veía conmovida en el reflejo de un espejo que había sobre el dintel de su puerta como inmerso en aquel relato pasaba las páginas con afán. Era ‘EL Cuervo’ de Edgar Allan Poe, manzana prohibida que Adán acababa de morder… Toda convencida de que Jack se había sumido en aquellas majestuosas palabras, de que al día siguiente cuando despertara y no me viera a su lado se aferraría por siempre a aquel relato fruto del azar como único recuerdo mío, a aquella dicción que una vez también fue la desdicha de otro, dormí tranquila en su pecho, acunada en su calor… Él siempre me amó, y yo siempre le quise.



Y el Cuervo dijo: "Nunca más". (P1)




La lluvia caía intensamente sobre aquellas míseras casuchas endebles. El Tiempo había tatuado sus paredes con grietas y pintado su interior del color de la Desgracia. En las calles gritaba triunfante la Soledad, pero siempre había algún infortunado mendigo que osaba rebelarse o algún borracho que no estaba siendo consciente de sus actos. Descomunales truenos estallaban sobre aquel barrio de mala madre, seguidos a coro por cientos de relámpagos que se enredaban en la noche. El viento susurraba desafiante, y observando, desde el gran ventanal de la mansión Sávier, estaba Jack; inmóvil, ante el desolado paisaje de Caddle Streets. La luz de la luna acariciaba cuidadosamente su rostro y tiritaba su sombra ante la plena sinfonía de luces de aquel vendaval. Su ausente expresión parecía tranquila frente a tan agitado espectáculo, pues perdido en el horizonte sólo pensaba. Jack Sávier. Le recuerdo como si estuviera aún entre mis brazos. Las noches sin luna de su terso cabello, que en forma de curvas desembocaba en su nuca. Cobalto y añil surcaban entremezclándose el iris de sus ojos, unos ojos que se clavaban en el alma como ganzúas y dejaban sin habla. Sus rasgos faciales, exageradamente afilados, como si de alguna nórdica criatura mitológica se tratara;  jamás dejaron a persona alguna adivinar lo que sentía… Pero yo siempre lo supe. 



Aquella era sólo una más de sus noches de insomnio. Una más de las noches en las que, tras comprobar que su esposa dormía tranquila, caminaba conducido por el desvelo hacia aquella enorme cristalera. Sólo entonces, perdiendo su mirada en las incógnitas del Tiempo pensaba en Nora. Aquella niña con la que él soñaba, la que desde el vientre de su madre sembraba flores encarnadas en su corazón, su vida entera. Nora… Nora… Cavilaba con aquella irrealidad utópica de estar siempre a su lado, de enseñarle los misterios de este mundo, de influir en sus propósitos con su delicada extravagancia de joven científico, de mecerla entre algodones y cuidarla, con aquel amor paterno que tanto irradiaba. Pero aquella fue la noche en la que toda una vida se reduce a un grano de arena. Aquella noche Jack me encontró, y fue lo peor que pudo haber hecho. Desde las sombras de aquel crepúsculo dejé caer el pecado sobre él, pobre hombre... Juró que jamás juraría; y por lo tanto, acabó jurando. Desde entonces, un manto de Desgracia le dio cobijo durante todo ese invierno de 1990; y yo, vistiendo de víctima con promesas de amor y falsas caricias, estuve con él hasta el fin de sus días. Siempre a su lado… Y siempre, es mucho tiempo. 



SF.


La vida, la vida, la vida… Si ustedes supieran qué es la vida… Ah… No se hagan los tontos. Ustedes también forman parte de este circo, de esta cárcel de penumbra y brío, ¡De este asombroso espectáculo! Festival… Donde nada el casual, sino causal… También tienen mil caras. ¿Me equivoco? Falsas sonrisas, lágrimas de cocodrilo, satíricas catarsis… A algunos se les da mejor que a otros, sí; pero al fin y al cabo, todos somos actores. Actores, en nuestras propias vidas, porque la vida… ¡Ah! ¡La vida! La vida es un gran teatro de hipócritas que sólo afirman y niegan, una gran obra en la que no se permiten ensayos… y en la que en cualquier momento se apagarán las luces… se bajará el telón… y… ¡Fin de la función! (Ríe mientras hace diversas reverencias) ¿No aplauden?... A la mayoría de ustedes tampoco les aplaudirán. Nadie gritará: ¡BRAVO!; No reirán los chiquillos y cuchichearán la viejas. No habrá críticos que juzguen en primera fila ni gente interesada que os lea luego en el periódico. Probablemente muráis en un mero suspiro de la sociedad, en una memoria de la que ya nadie se acuerda…

Porque la vida, querido público, la vida es puro teatro.

miércoles, 28 de marzo de 2012

Vestid de luto en mis días alegres.

Ten misericordia de mí, Jesús. Ten piedad de los ruegos de los ingenuos que contra mí atentan; pensamientos que me desvelan, palabras manchadas de sangre, pinceladas de veneno… que al fin y al cabo sólo son el anhelo y la melancolía de mil lúcidos recuerdos. Pobres tontos que no saben de qué alardean. Escupen sobre mi nombre y magnifican su mugre aclamando a la culpabilidad sin razón. No hay coherencia en sus acusaciones, no la hay.

Me ruegan compasión. ¿A cambio de qué?

A cambio de evitarme, echarme de sus casas como a un perro moribundo que entra buscando la solidaridad que luego en sus textos sagrados te prometen, Señor. Hurgar a cambio, tal vez, en mis heridas, perjurando mi existencia, rogando mi extinción. Maldecirme noche sí, noche también; negarme alojo, cariño, amor. No me dieron padre o madre, cálida ternura, esperanzas, conmoción… Socialmente despechos; nunca cogí una mano amiga, jamás unos labios rozaron mi piel, ni una sola muestra de aprecio…

Podrían todos ellos. ¡Todos! Formar gentío en torno a mí y mirarme, mientras chiquillos piojosos insultan y el rumor se pasea por las bocas de las viejas. Podrían observar como bañado por risitas quisquillosas y brutales carcajadas ahí mismo muero, sin más ayuda que la mía misma, Señor… Mas, ¿Qué hago? ¡¿A quién llamo Señor, Amo, Dios, Padre…?! A quién si no es a la mismísima inexistencia, incredulidad… Sólo es fe… No, no es siquiera eso. La ciega fe es la única estúpida razón por la que algún día me necesitaron. ¿Y luego qué? Olvido. Algunos hasta me guardan aún rencor por dichos actos cuando en su día no veían si no otro remedio. ¿Recuerdan? No. No, no, no. ¡No! ¡No quiero llantos! ¡No más sollozos! ¡No más bella poesía que me infame! ¡No más melodías de súplica! ¡No más!

¡Aludidos deberían sentirse! Sí, ustedes. Usted, usted y sí, usted que lee. Dichosa raza que me trata a patadas… “El ser humano” ¿Verbo? No. Simple sustantivo que se conceden con ademán de halago. Pero no están siendo humanos. Es todo mentira, como su fe, como todas y cada una de sus palabras. La justicia; justo ejemplo. Fardan de una sociedad justa… JA, JA, JA. Qué bien se pintan, qué dulce utopía no les deja ver lo que hay detrás de la hipocresía que cada uno engendra y cría; y tarde o temprano, acaba creyendo.

¿El castigo? Sigue siendo mío. ¡Todo para mí! ¿Acaso no es el derecho universal? Injustos. Yo jamás empleé favoritismo alguno. Xenofobia, racismo… No, aquello eran palabras mayores. Yo nunca hice distinción sobre ninguno de ustedes. ¿La importancia del sexo? Nula. Físico, carácter, nacionalidad o genio, jamás me importó. No elegí a joven por viejo; igual escogí a aquel recién nacido con mil expectativas de futuro que fallece en el mismo parto, que a aquella anciana, carcomida, que ya ha vivido suficiente, alcanzado la cima de su pequeño montón de ideales y cierra sus ojos para no abrirlos nunca más. Me llevé tanto a los que se pudren en riquezas, como a los que sobreviven como pueden en la cruel miseria. Ojos grises, negros, azules; miradas perdidas, cabellos dorados, sonrisas radiantes, apagadas… mentes privilegiadas y no tan privilegiadas, idealistas, soñadores, políticos, reinas del drama… La homosexualidad, no fue mayor sorpresa, no fue una inclinación hacia mi decisión final, no me importó… Cosa, de la que muchos de ustedes no podrán presumir. ¿Verdad?

Aún así, ya ven. Me guardan intenso rencor e infinito desprecio por mis actos del ayer, y por los que saben que vendrán mañana. Soy consciente de que he sido causa de sus lágrimas, de sus sollozos, de sus penas, agonías, depresiones… y que algunas no han hecho más que traerlos también junto a mí y acunar lágrimas en ojos ajenos. Intentan engañarme con inútiles artimañas, esperanzas tecnológicas; que sólo añaden segundos a su cronómetro vital, diversión en mi juego. La inmortalidad siempre permanecerá como un burdo deseo utópico e inalcanzable que constantemente tratarán de desafiar. Pero caerán, una y otra vez; y de una de estas no podrán levantarse. Verán.

Porque yo soy quien os corta los hilos, pequeñas marionetas mías. La soga que lucís en el cuello. Un gatillo. La Luna de un joven Lorca. Una enfermedad, hecha epidemia. La violencia de género. Una guerra. Las incógnitas de un loco. Perder la esperanza. Un sueño de Dalí. Desamores que reclaman venganza... Yo soy, queridos títeres, vuestra cuenta atrás. Pues la Vida, es tan sólo aquel instante, aquella chispa endeble que os concedo antes de venir conmigo… Una vez aquí, se acabó el color de rosa y la picardía con la que me burlabais en vida, ¿Eh? Se hace el silencio y shhh…

Os volvéis incluso más inútiles de lo que ya erais vivos, os convertís en materialismo puro, si no lo erais ya. Observáis las flores crecer desde abajo, como la escoria. ¿Y yo? Vuestra majestuosa desgracia, el susurrante eco de vuestros pecados. Yo, vuestra eterna esclavitud, el latente remordimiento, la impotencia que os reconcome. Yo, el sinsentido de la vida, la respuesta a vuestra filosofía, vuestra cadena perpetua, el anticristo de vuestras esperanzas, vuestro infestado sepulcro… ¿Yo? La mismísima Muerte.


Pequeñas Joyas.

-¿Más allá de los sueños?

-Más allá de cualquier cosa.

-¿De nuestros sueños, mamá?

-De los tuyos, de los míos… ¡De los del mismísimo demonio!

-Más allá de los sueños…

-Utopía, amor mío.

Una pared. Albura. Un crío que ríe. Colores, pintura. Un dedo. Una norma casual. El uno travieso, la otra da igual. Risa. Risas. Más risas. Ella lo observa. Él no tiene prisa. El tiempo que corre. Fantasías que vuelan. Tres soles. Dos lunas. Bosques que hielan. Vivos azules en aguas intensas. Sirenas. Marinos. Monstruos. Nereidas. Un barco. Un hombre valiente, osado. Las aguas serenan. Tierra ha pisado. Príncipe. Rana. Un beso de princesa. Mustia despedida con grata promesa. Un brujo loable. El reino sanó. Siempre alguien que dice: “Qué típico, ¿No?” -Hombres- Pensó. Espera en la ventana. Espera… Espera… Prefería a la rana. L.E.T.R.A.S. Palabras. De libros aprendo. Acotaciones que guían. (Sigue leyendo) Un niño de cristal. Un zapato de madera. Escamas doradas. Plantas trepaderas. Un, dos, tres… ¿Metros de barba? ¡Cortadme las puntas! (Casi la dejan calva) ¡Feliz no cumpleaños! ¿Lo sabéis con certeza? Rumbo a Nunca Jamás. ¡¡Que le cooorten la cabeza!! Dragones, mazmorras, un hechizo infernal. El típico listo que cuenta el final. Migas de pan, casas de golosina. ¡Dulces! ¡Azúcar! ¡Chocolatinas! Un estómago ruge. Agua su boca. Para. Piensa -¿De merienda hoy qué toca?- Vuelve a posar su dedo en el tabique. Se muerde la lengua. Encoje el meñique. Traza una raya. ¡Qué digo! ¡¿Qué raya?! La noble varita de un mago que ensaya. La bárbara espada de un fiero espartano. Una mágica escoba. Un tieso gusano. Cabellera de cometa. Mástil de barco. Tronco. Torre. La cuerda de un arco. Tres gustosos deseos que no merecéis. ¿Hacerle eco al genio? Ni lo penséis… seis… seis… ¡No! ¡No lo hagas! ¡No invoques al demonio! ¡MIEDO! ¡PAVOR! ¡Aquí faltan unicornios! Bate sus alas. Fastuosa. Embriagada. ¡Polvos de estrella! ¿No crees en la hadas? ¡Báculos! ¡Perlas! ¡Gigantes! ¡Él sube! ¡Las mil y una noches! Dar forma a las nubes. Duendecillos que juegan en cada esquina. Se para a pensar. ¿Pensar? ¡Imagina! Patas de palo. Garfios. Petacas. ¿El cielo es azul? ¡Te cambio la vaca! Armoniosos acordes de algún trovador. Habichuelas que carecen de valor. El doble sentido en dulces melodías. Sombras en la noche que hacen compañía. El Silencio cantaba. Su madre interrumpió. “¡A merendar, Carlos!” desde la puerta ordenó. ¡Susto! ¡Temor! ¡Turbación! El niño se gira esperando un sermón. Ella sonríe. Él sonríe tranquilo. Tentando se vuelve a girar con sigilo. Brazos en jarras. Miradas honestas. Ufano observa su obra maestra. “Mira, mamá”. Mamá está soñando. Líquida conmoción de sus ojos brotando. Volver a la infancia. Sueños se mecieron. Dar las libertades que a ella no le dieron. El niño sonríe. Ella ríe otra vez. -Más allá de los sueños- Érase una vez…

Todos eran sus hijos.




¿Os acordáis de mamá? Fue una mujer soberbia. Recordáis. ¿Verdad? Fiel, constante, sutil…. La mejor madre que jamás un niño podría haber deseado. Desataba su larga melena al viento provocando en nosotros suma calidez, como finísimo oro caía ondulado cada cabello sobre ella llenándola así de vida, dorando el trigo de los campos de su piel. Sus ojos, profundos, de intenso azul, llevaron a muchos hombres a la deriva. Su aliento era un soplo de aire fresco, su sonrisa, encantadora, su voz, el pleno silencio… Mamá era tan plácida y sumisa como un beso de azahar… Utopía…


He de reconocer, que madre no se portó igual con todos. El azar, tal vez, os trajo a ser criados en tiempos en los que ella estaba decaída y fúnebre. Mas no la achaquéis por ello, pues ella jamás os culpó. Es más, ¿Os acordáis de cuánto nos quería? Las sonrisas que nos sonsacó, los eternos cuidados y preocupaciones, los susurros de calma y desahogo cuando todo parecía perdido… Siempre estuvo ahí, esperando a sus hijos con los brazos abiertos de par en par, tentando a la suerte, sin importarle nada; queriéndonos, día tras día, cada día más… ¿Recordáis?


Claro que no. Ni tenéis propósito alguno… ¿De verdad no recordáis a aquella mujer? Aquella que fue idolatrada por mil románticos. Musa, de cientos de poetas embriagados; luz de esplendor en ojos de artistas que con cuidadas pinceladas la plasmaron en sus esperanzados lienzos. Hombres y mujeres; hermanos y hermanas que alcanzaron la fama con su nitidez. Melodías que gritaban su nombre a los cuatro vientos, aclamando libertad. Versos, palabras, ilustraciones… Todo giraba en torno a ella. Generación, tras generación… ¿De verdad no recordáis a mamá?


Pues ella sí os recuerda. Los árboles, ríos, mares, están llenos de heridas. El aire ya no se respira, hoy estamos condenados a tragar. Yo noto la vejez en su rostro, la melancolía, el anhelo… y la triste sombra de lo que un día fue. El cielo llora. Su pelo ya casi no brilla, el Sol se tiñe con canas. Sus ojos se envuelven en furia, los mares se revelan en el silencio de su voz. Su piel está manchada por nuestra basura, inmundicia de sus propios hijos; hijos que lanzan piedras sobre su propio tejado. Oímos, pero no escuchamos. Miramos, pero no vemos. No reciclamos ni reutilizamos lo que ella nos da, la vida que nos regala. Mamá se muere, mamá… nos recuerda constantemente en sus infiernos de dolor. Recuerda a todos sus hijos.


¿Y qué hacemos si no nosotros? Esconder la mano con la que la acabamos de lapidar. El hijo mata a su madre. El hijo la mutila salvajemente y la sepulta viva. Bazofia, desechos, desperdicios… ¡Bañemos a mamá en despojos! Qué cruel, ¿No?… Todos la inmolaron. Todos la asesinaron. Todos eran sus hijos. Decid adiós, porque mañana no sonreirá, mañana no abrirá los ojos, no volverá a sentir, echará raíces sobre su alma el caos, un caos que anuncia el fin… Despedíos, niños, de madre Tierra.

Besa al mundo por mí.

No le temas al mundo, querida. Ni al ayer, ni al mañana. Jamás juzgues a nada de infinito; claro que tampoco bautices por efímero a todo. Recuerda, que vida sólo hay una. Que una, es vida por sí sola. Que cada instante es un regalo por abrir, una oportunidad para cambiar el rumbo, y que en cada uno de estos instantes baila el azar y la casualidad se tambalea por nuestras cabezas. Tú no eres distinta a las demás niñas. Jamás lo fuiste… Oh, vida… Tan sólo eres una cría… Una cría que jamás gozará de recuerdos de infancia.

Recuerda, tú siempre recuerda. Recuerda no ser jamás como yo. Si algo he aprendido, es que se puede aprender. Dios mío… Si pudiera empezar de cero… No viviría con miedo. ¿Recuerdas aquellas verjas amenazantes que encierran a los pájaros del tío Diego en una constante monotonía, en un sin vivir… pajarillos que baten sus alas y golpean las de otros, ceñidos a la angustia de lo inevitable? Ese será tu miedo, pequeña; el mío también lo fue.

La impotencia de pensar que tuve tanto tiempo… años, meses, días… Tantas oportunidades que tú no tendrás. No sabes cuantas cosas me dejo por hacer, cuantas veces dije que no cuando debería haber callado mientras el “Qué más da” me llevaba de su mano. Ah… ¡Tendría que haber devorado con ganas aquel helado de chocolate! ¡Oh, sí! ¡Revolcándome sobre la hierba que besaba el rocío, al trabajo en pijama, al mar sin mudas, gritar desde lo alto de una cima cualquiera que era libre, que era libre, pero que aún no me había dado cuenta! ¡Oh, claro que sí! ¡Vaya, qué miedo me daba subir a aquel avión! ¡No conduzcas tan deprisa! Le dije. ¡Coge el paraguas, no vaya a ser que te mojes! Viajar. ¡¿Qué es eso?! Soñar. ¡¿Cuándo?! Reir. ¡¿Yo?! Sentir. ¡¿Se puede?! Mirar a través de tus ojos, querida, y ver en lo que me he convertido… Una pobre anciana que se pasó la vida muriendo.

Tú, pequeña, no cometas los mismos errores. Aunque tu vida vaya a ser más corta que la de cualquier otra mujercita de tu edad, una enfermedad, un cáncer latente no va a borrar esa sonrisa de gran dama que heredaste. Créeme que puedo sentir esa llama; una llama de aventura, de vivacidad, una llama dinámica y traviesa, que duerme dentro de ti. La llama que yo jamás desperté… Las viejas sabemos demasiado. Confía. Pero también ama, come, sonríe, respeta, calla, grita, juega, llora… Recuerda.

Recuerda, porque nadie más lo hará. Recuerda que nada importa, y que si importa, qué más da. Recuerda que te quiero y que estaré junto a ti hasta el último día, que te contaré un cuento, te cantaré una nana, te acariciaré la mejilla mientras me prometo no llorar. Recuerda que eres preciosa, querida, que muchos muchachos quedarán prendados, seguro. Recuerda que si lo puedes soñar, lo puedes hacer, pero no sueñes tu vida… Vive tu sueño. Sobretodo vive, vive para ti, y vivirás eternamente. Te pido que recuerdes, no que no olvides, porque deberás tener presente esto cada instante de tu vida, cada momento de lucidez y cada año de oscuridad; cada amor y desamor, cada risa, cada lágrima, carcajada o llanto… Recuerda, porque el tiempo nos olvida. Pequeña, besa al mundo por mí.