miércoles, 28 de marzo de 2012

Todos eran sus hijos.




¿Os acordáis de mamá? Fue una mujer soberbia. Recordáis. ¿Verdad? Fiel, constante, sutil…. La mejor madre que jamás un niño podría haber deseado. Desataba su larga melena al viento provocando en nosotros suma calidez, como finísimo oro caía ondulado cada cabello sobre ella llenándola así de vida, dorando el trigo de los campos de su piel. Sus ojos, profundos, de intenso azul, llevaron a muchos hombres a la deriva. Su aliento era un soplo de aire fresco, su sonrisa, encantadora, su voz, el pleno silencio… Mamá era tan plácida y sumisa como un beso de azahar… Utopía…


He de reconocer, que madre no se portó igual con todos. El azar, tal vez, os trajo a ser criados en tiempos en los que ella estaba decaída y fúnebre. Mas no la achaquéis por ello, pues ella jamás os culpó. Es más, ¿Os acordáis de cuánto nos quería? Las sonrisas que nos sonsacó, los eternos cuidados y preocupaciones, los susurros de calma y desahogo cuando todo parecía perdido… Siempre estuvo ahí, esperando a sus hijos con los brazos abiertos de par en par, tentando a la suerte, sin importarle nada; queriéndonos, día tras día, cada día más… ¿Recordáis?


Claro que no. Ni tenéis propósito alguno… ¿De verdad no recordáis a aquella mujer? Aquella que fue idolatrada por mil románticos. Musa, de cientos de poetas embriagados; luz de esplendor en ojos de artistas que con cuidadas pinceladas la plasmaron en sus esperanzados lienzos. Hombres y mujeres; hermanos y hermanas que alcanzaron la fama con su nitidez. Melodías que gritaban su nombre a los cuatro vientos, aclamando libertad. Versos, palabras, ilustraciones… Todo giraba en torno a ella. Generación, tras generación… ¿De verdad no recordáis a mamá?


Pues ella sí os recuerda. Los árboles, ríos, mares, están llenos de heridas. El aire ya no se respira, hoy estamos condenados a tragar. Yo noto la vejez en su rostro, la melancolía, el anhelo… y la triste sombra de lo que un día fue. El cielo llora. Su pelo ya casi no brilla, el Sol se tiñe con canas. Sus ojos se envuelven en furia, los mares se revelan en el silencio de su voz. Su piel está manchada por nuestra basura, inmundicia de sus propios hijos; hijos que lanzan piedras sobre su propio tejado. Oímos, pero no escuchamos. Miramos, pero no vemos. No reciclamos ni reutilizamos lo que ella nos da, la vida que nos regala. Mamá se muere, mamá… nos recuerda constantemente en sus infiernos de dolor. Recuerda a todos sus hijos.


¿Y qué hacemos si no nosotros? Esconder la mano con la que la acabamos de lapidar. El hijo mata a su madre. El hijo la mutila salvajemente y la sepulta viva. Bazofia, desechos, desperdicios… ¡Bañemos a mamá en despojos! Qué cruel, ¿No?… Todos la inmolaron. Todos la asesinaron. Todos eran sus hijos. Decid adiós, porque mañana no sonreirá, mañana no abrirá los ojos, no volverá a sentir, echará raíces sobre su alma el caos, un caos que anuncia el fin… Despedíos, niños, de madre Tierra.

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